EDITORIAL – DÍA INTERNACIONAL DE LAS COOPERATIVAS
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Genealogía de un arquetipo universal
Hace exactamente un siglo la Alianza Cooperativa Internacional (ACI) instauró el Día de las Cooperativas el primer sábado de julio. La idea nacida en Inglaterra fue que, aprovechando el verano, los cooperativistas salieran a las calles a celebrar y difundir su ya fecundo movimiento. En el hemisferio sur también lo festejamos, a pesar del invierno implacable. Recién en 1995 –año del centenario de la ACI-, la Asamblea General de las Naciones Unidas proclamó oficialmente a esa fecha como el Día Internacional de las Cooperativas.
Actualmente el objetivo del #CoopsDay sigue siendo dar a conocer las cooperativas y promover sus distintivos ideales, entre líderes políticos y de opinión a nivel local, nacional y mundial, referentes de organizaciones y personas de la sociedad civil en general. Este año, el lema elegido para conmemorarlo es: “Las cooperativas construyen un mundo mejor”, una muy interesante apuesta al interés global optando por la arista más singular del cooperativismo: su vocación por erigirse en modelo de desarrollo económico y social proyectado hacia toda la humanidad.
La alta exigencia cooperativa no es novedad. Ya en 1844, los Pioneros de Rochdale (Inglaterra), cuando fundaron la Rochdale Society of Equitables Pionners con 28 trabajadores -27 hombres y 1 mujer–, se proponían “organizar la producción, su distribución y un proceso educativo”, según lo establecen sus principios fundacionales. Entonces, la educación cooperativa no era una práctica secundaria sino un componente constitutivo e indispensable para sus posibilidades de realización.
Rápidamente, las primeras cooperativas que se extendieron por toda Europa -además de los objetivos productivos, económicos, comerciales y de servicios-, se interesaron por la mejora en las condiciones de vida, el trabajo, la educación, la vivienda y la salud de sus asociados, abarcando en el propósito a la comunidad que las albergaba.
Desde el origen: cooperativa y comunidad fueron biunívocas, convergentes, indisolubles. Hoy, aquí, en Argentina, todavía los locales cooperativos son escenario de reuniones y ofertas educativas, culturales, comunitarias y recreativas, en muchos de nuestros pueblos y ciudades. Las cooperativas desde siempre protagonizaron los territorios, fortalecieron el tejido social, mucho más allá de sus objetivos empresariales particulares.
Volver al futuro
Luego de distintas redacciones durante todo el siglo XX, el sistema cooperativo quedó plasmado en 1995 con la Asamblea General de la ACI -que tuvo lugar en oportunidad del Congreso-, cuando aprueba la “Declaración sobre Identidad Cooperativa”, que incluye la Definición de las características de una cooperativa, explicita los Valores en que está basada, y reformula los Principios Cooperativos como pautas de acción.
El contexto de época en ese momento estaba hegemonizado por el neoliberalismo que avanzaba entusiasta sobre las relaciones del capital, el trabajo, la producción y las finanzas, e impregnaba avasallante la subjetividad de los cooperativistas. Estos ideales se presentaban como nuevos, aunque en rigor de verdad, eran los mismos que a fines del siglo XVIII, apalancados por la Revolución Industrial, embistieron las posibilidades de subsistencia de mayorías desposeídas y que, precisamente, como reacción, alumbraron al movimiento político, social, económico y cultural, que dio sustento al cooperativismo.
La superstición liberal, individualista, meritocrática, mezquina, autoritaria, egoísta, apática; es antitética a la cooperación. En esa década, el movimiento cooperativo mundial –no sin impugnaciones y derrotas-, supo preservar su esencia fundante: la persona en el centro de la economía. De allí que los cooperativistas tienen la responsabilidad de esforzarse por ser éticos y socialmente comprometidos en todas sus actividades.
Dentro de las características especiales que la Declaración otorga a las cooperativas hemos de subrayar dos: la gestión democrática y la propiedad conjunta. Este doble rasgo las hace únicas. E inconfundibles.
Extrañamente, aquella controversia decimonónica llega vigente al siglo XXI como una disputa de sentido globalizada. Esto exige a la ACI, en 2015, publicar las “Notas de orientación para los principios cooperativos” que aportaron directrices y sugerencias específicas sobre su aplicación práctica. Más recientemente, en diciembre de 2021 -durante el 33º Congreso Cooperativo Mundial cuyo tema fue “Profundicemos nuestra Identidad Cooperativa”-, se lanzó una consulta para evaluar la comprensión y opinión de los cooperativistas de todo el mundo sobre la vigencia de la Declaración.
Lo que es y lo que no
Entonces, celebramos, difundimos y afianzamos nuestra praxis cooperativa. Con autocrítica. Porque la Declaración también determina lo que no es. La existencia de falsas cooperativas o formalizadas por intereses particulares hace al movimiento un daño inconmensurable. Quizás sea tiempo de construir e instituir herramientas para medir la Identidad Cooperativa. Precisamente para eso está la definición consensuada, para objetivarlas, para protegerlas.
Las cooperativas, en tanto empresas con control colectivo de la gestión y la propiedad, guiadas por valores y principios, sustentan su fortaleza en esos valores y principios. Es su forma de competir. A partir de la solidaridad, la democracia, la ayuda mutua.
Suelen verificarse dos desviaciones básicas. Una se da cuando un gerente o un grupo de consejeros detentan el manejo de la cooperativa, sin participación de los asociados, sin cumplir con la ética y los principios. Gestionando de la misma forma que lo harían en una empresa comercial, con la decisión y la propiedad concentrada. El otro caso es cuando detrás de la figura jurídica se oculta el objetivo de precarizar trabajadores, cuando se organiza una fuerza laboral como cooperativa pero sus miembros no saben que son cooperativistas; mucho menos cuáles son sus designios.
Esconder la basura debajo de la alfombra no le hace nada bien al Movimiento Cooperativo. Desfigura su grandeza, tergiversa sus intenciones, adultera sus propósitos. Obsequia argumentos a los enemigos de la solidaridad. Abulta la avaricia antagonista.
Una cooperativa no es un tibio paliativo para la pobreza, ni una forma jurídica para eludir impuestos o cargas sociales, ni una empresa cerrada que se auto percibe con valores extraordinarios en la declamación pero no en la práctica, mirándose el ombligo. Eso no es.
Una cooperativa controlada por unos pocos no lo es. Una cooperativa con dueño no lo es. Una cooperativa que discrimina por género, raza, opiniones políticas, religión o clase social, tampoco.
La exquisita herencia cultural de la cooperación nos compele a la inclusión de género y de jóvenes. También de personas pauperizadas. Está en el ADN cooperativo atender a los menos atendidos e integrar a los excluidos.
Para captar la atención de la sociedad y de los gobiernos las cooperativas deben ser ejemplares. Porque esa ejemplaridad es su madera.
Cooperativas y el futuro del Trabajo
Producto de un intenso debate del que participaron gobiernos, organizaciones de trabajadores, de empresarios y el cooperativismo; la Organización Internacional del Trabajo (OIT) aprobó en junio de 2002 -durante la Conferencia Internacional del Trabajo-, la Recomendación 193, que cristaliza el reconocimiento universal a las cooperativas como fuente de trabajo decente, que lo vamos a traducir como formal y justo. Siendo uno de los Objetivos de Desarrollo Sostenible más significativos al forjarse el necesario equilibrio entre los aspectos económicos, sociales y ambientales.
A la vez diferencia a las cooperativas respecto de otras entidades de la economía social y solidaria, y promueve que los trabajadores de las cooperativas se afilien a los sindicatos, al tiempo que los sindicatos contribuyan a la creación de nuevas cooperativas y participen en ellas, con el propósito de la creación o conservación de empleo de calidad, incluso en los casos en que se contemple el cierre de empresas.
El modelo de organización cooperativo puede ser estratégico en morigerar el impacto de las nuevas tecnologías y aportar en la construcción de trabajo justo y sostenible. En este sentido, son indispensables políticas públicas que promuevan la inversión en trabajo cooperativo, distinguiendo su naturaleza diferencial y recompensando la constitución genuina de empresas gestionadas por los trabajadores.
En junio de 2019 se aprobó la “Declaración del Centenario de la OIT para el futuro del trabajo” en el marco de su 108ª Conferencia Internacional. En la versión final se reconoce el papel de las cooperativas y de la economía social y solidaria.
Como ya hemos subrayado, las cooperativas son modelos empresariales centrados en las personas, que se cimientan en la Educación Cooperativa. Es condición que el trabajo generado satisfaga la dignidad humana. Así la acción cooperativa refuerza las capacidades de las personas, integrándolas al progreso económico, incluso a los segmentos más pobres de la población. Además crean oportunidades de trabajo para quienes tienen la capacidad pero carecen del capital. Y entregan protección al fomentar la ayuda mutua en las comunidades.
Sin embargo no es bueno pensar a las cooperativas como solución rápida en momentos de crisis. Ni apurar a un grupo pre-cooperativo a formalizarse, antes que se estabilicen como organizaciones autosuficientes, controladas por sus miembros. Ha de estar encaminada, primero, la autonomía de sus cooperativistas, para que no dependan indefinidamente de la ayuda externa.
Dentro de ese modelo único las cooperativas agroalimentarias, en el marco de los criterios de equidad y justicia social, tienen la obligación de brindar servicios de calidad y a la vez accesible, alimentos sanos a precios justos. Evitando reproducir los sistemas dominantes, conformando cadenas éticas del productor al consumidor, honrando al trabajo digno, desterrando al trabajo infantil, innovando en educación y capacitación, cuidando al Planeta para las generaciones futuras.
Profundizar la cooperación
Desde este enfoque, la expectativa sobre la consulta universal y la discusión sobre la eficacia de la Declaración de Identidad Cooperativa, es una oportunidad de profundizar los principios, de evolucionar sin necesidad de crear nuevos, de actualizarlos sin desnaturalizarlos. Claro está, nada es más importante que cumplirlos cabalmente.
Más allá de las hegemonías ideológicas y sus narrativas fragmentarias, la potencia cooperativa seguirá siendo un arquetipo inalienable de organización económica, social y medioambiental. Y por lo tanto una herramienta insoslayable para contribuir al Desarrollo Sostenible. Solo con ellas un mundo mejor será posible.
Las cooperativas serán ese mundo o no serán nada.