En Argentina, el problema de la inflación mantiene una íntima relación con la producción y el manejo de las tierras. El uso intensivo y extensivo de agroquímicos en los campos depende del dólar para la compra de herbicidas y fertilizantes. Frente a este contexto desfavorable, en medio de tractorazos, especulaciones y búsquedas de soluciones al cambio climático y a la crisis de precios de los agroquímicos, la agricultura ecológica se presenta como una salida viable, sí, pero no sencilla.
En esta nota, Luis Caballero, Alfredo Alcaraz, Melina Francioni, Claudio Demo y Marisa Fogante piensan cómo y por qué debería incitarse el paso de un modelo agroindustrial a otro que pueda prescindir del uso de pesticidas que afectan no sólo al suelo sino también a la salud de quienes manipulan y consumen los alimentos que de ahí resultan.

📸 Fotografía: Sol Vassallo
TRANSICIÓN AGROECOLÓGICA: QUÉ, CÓMO Y QUIÉNES
La llamada “transición agroecológica” viene a ocupar entonces un lugar central entre la rama de posibilidades. Pero, ¿qué es la agroecología? Según Luis Caballero, licenciado en Economía y miembro del INTA, se trata de “un modo de producción agroalimentaria en el que se respetan diversos principios ecológicos y con una serie de criterios sociales, ambientales y distributivos distintos a la lógica del libre mercado, del mercado a ultranza, que funciona desde la idea del capitalismo más salvaje, en donde lo único que prima e importa para la toma de decisiones es la maximización de la ganancia”.
En ese sentido, el economista explica que la agricultura ecológica tiene distintas vertientes. Distintos puntos de partida. Uno de ellos es el reconocimiento de sabidurías ancestrales: “Saberes de los campesinos agricultores, que en algunos casos son conocimientos no formalizados, que no se estudian en la facultad de agronomía pero que tiene una efectividad en términos de su aplicación, de su implicancia, de manejo de semillas, de cuidado de la fertilidad del suelo, de la aplicación del riego”.
Esto se suma a una ciencia transdisciplinar, con incumbencia “en la ecología, la biología, la economía, la sociología y el ambientalismo”, asegura.
Caballero destaca también el enfoque de investigación-acción participativa promovido por la agroecología, en tanto esta es “una práctica concreta de los agricultores, pero también un proyecto político de organizaciones campesinas, de movimientos sociales, de organizaciones de la agricultura familiar”. Por eso, su ejercicio “debe construirse dialógicamente, participativamente, respetando y reconociendo el protagonismo de las organizaciones, los productores, las cooperativas, las asociaciones que la están instalando y construyendo, logrando a partir de su demanda y de su acción colectiva un reconocimiento a nivel nacional e internacional”. Y agrega: “De hecho, la gran mayoría o muchas de las experiencias agroecológicas que existen tanto en Argentina como en América Latina son de tipo cooperativo, asociativo, de la economía social y solidaria o de la economía popular, porque justamente esos modos de organización y de gestión económica son los que mejor responden y los que tienen más coincidencia con estos criterios y estos valores que ponen por delante el cuidado y la reproducción de la vida tanto del ser humano como del ambiente en general”.
UN MEDIO PARA UN FIN
La transición agroecológica -que es el medio para obtener como fin una producción absolutamente ecológica- es entendida por el INTA como un “proceso de transformación de los sistemas convencionales de producción hacia sistemas de base agroecológica”. Tal transformación comprende elementos técnicos, productivos, ecológicos, socioculturales y económicos del agricultor, su familia y su comunidad. Así, no se trata de una evolución que cambia sólo los modos de trabajar la tierra, sino que también modifica la vida de las comunidades que lindan con esos campos en donde se hacen los alimentos.
Según el INTA, para avanzar con la transición se requiere un conjunto de tecnologías apropiadas, estrategias colectivas de organización que fortalezcan las decisiones que se vayan tomando y políticas públicas y redes institucionales que estimulen y generen una estructura de sostén para la perdurabilidad y sustentabilidad de dichas experiencias. A todas estas, Caballero suma la cualidad humana de la valentía. En la instancia de transición, “el productor toma la decisión, se anima y dice ‘bueno, voy a probar’. Con dudas y miedo de destinar un pedazo de lote para hacer una prueba, un ensayo”.
“Ese proceso de transición no es igual para todos, porque tiene que ver con las condiciones materiales y con las subjetividades de los actores que lo llevan adelante”, detalla el trabajador del INTA. Una procedimiento que, asegura, cada vez cuenta con más convencidos.
MILITAR EL PROCESO
“Para algunos, la transición agroecológica es simplemente dejar de aplicar agroquímicos, y no es solamente eso”, explica Alfredo Alcaraz, ingeniero agrónomo asesor de varios productores y productoras en desarrollo agroecológico. Por el contrario, se trata también de un compromiso social: “Hay que integrar al personal, hacerlos entender que van a tener una vida un poco mejor porque no van a tener aplicaciones alrededor de sus casas, y que sus hijos van a poder salir a jugar tranquilamente porque no va a haber un fumigador que ande dando vueltas. En fin, que no va a haber venenos en el campo”, indica.
Para Alfredo, la agroecología es viable en tanto se trate de un proceso de producción mixta de ganadería y agricultura. Según plantea, el problema aparece cuando los productores quieren hacer “agricultura pura”. “No podemos entrar a la agroecología si no tenemos ganado, porque el ciclo de vida hace que el rumiante tenga que estar ahí para digerir el pasto. En algunos casos puede ser vacas, novillos, ovejas o cabras, pero siempre un rumiante de por medio tiene que haber para cerrar el circuito que le da bacterias al suelo”, argumenta.
Y ejemplifica: “Supongamos que sembraste un maíz, o una soja. No te vino, se ensució mucho, entonces vos largas a los animales y podes sacar un provecho. Así es que esa famosa transición se va consolidando mucho más rápido cuando vos tenes una producción ganadera”.
SANAR Y PRODUCIR, PRODUCIR Y SANAR
Melina Francioni es trabajadora del programa Prohuerta del INTA de Máximo Paz, lugar desde el cual se promueven las prácticas productivas agroecológicas para el autoabastecimiento, la educación alimentaria, la promoción de ferias y mercados alternativos con una mirada inclusiva de las familias productoras. Según dice, “la agroecología tiene que ver con las formas de vida que uno toma, o que va tomando. Y en ese caso, los productores van adquiriendo diferentes tipos de hábitos que no sólo cambian la forma de producir sino también la de existir. Influye en la forma de vivir porque nosotros estamos trabajando siempre sobre lo que vamos a consumir en nuestra huerta”.
Para Melina, el productor o productora agroecológico se encuentra siempre “en una transición”, que consiste en “tomar conciencia respecto a cómo trabajar, a cómo respetar el medio ambiente”. Esa toma de conocimiento tiene que ver también con modificar hábitos de vida y “devolverle a la tierra lo que es de la tierra”. Así aparecen los compost y la reutilización de los residuos. También cobran importancia los biopreparados, que sirven para enfrentar las plagas y son hechos de forma natural con otras plantas o con productos que se encuentran en casa.
Principalmente, Francioni resalta la importancia que la agroecología tiene para el mejoramiento de la salud, en tanto permite hacer y comer alimentos sanos y seguros. “Por el contrario, lo que sucede es que muchas veces en las producciones hortícolas muchos de los productos que se usan como herbicida o fungicida no fueron formulados para ser utilizados dentro de la horticultura. Sin embargo, se utilizan igual y es ahí donde existe un desvío de uso, que puede afectar a la salud”, argumenta.
Por eso, el peligro del uso y abuso de pesticidas no es novedad y no afecta sólo a los productores que lo manipulan: Según un informe publicado del Servicio Nacional de Sanidad y Calidad Agroalimentaria (SENASA), más del 60% de las frutas y verduras que llegan al Mercado Central contienen pesticidas, herbicidas y fungicidas en niveles no permitidos. Entre 2011-2016 los controles realizados por el organismo sobre frutas, hortalizas, verduras, cereales y oleaginosas detectaron 82 agroquímicos en 38 de los alimentos controlados. De estos productos, un 55% son sustancias no autorizadas. Por su parte, el glifosato es el fitosanitario más utilizado a nivel nacional (65%), seguido en un 22% por otros herbicidas, por lo que se concluye que los herbicidas representan un uso de 87% a nivel nacional, seguidos por insecticidas (6%), fungicidas (3%) y curasemillas (1%).
SALUD Y ECONOMÍA
“Para los productores agroecológicos esto no es un trabajo, sino que es una forma de vida. Una relación en donde está implícito en el trabajo cotidiano el disfrutar de lo que se hace”, dice Claudio Demo, ingeniero agrónomo y productor agroecológico de la zona de Río Cuarto. Para él, este modo de hacer le ha enseñado otra forma de entender la labor en el territorio, en donde ya no se trata de un castigo a cambio de dinero. “Acá el trabajo se disfruta y se vive como una cuestión de alegría, de experimentación, de ejercicio de la inteligencia y de la curiosidad, de la búsqueda. Te recrea tanto como si fuera ocio”, explica.
En agroecología, el trabajador está implicado con el territorio y el medio ambiente, tiene como tarea principal la observación, pasando así horas recorriendo el lugar y buscando formas de experimentar y de probar nuevos procesos con el ecosistema. Por eso, como dice Demo, “no existe agroecología a distancia o por teléfono, como existe en la agricultura convencional”. La metodología, supone entonces que “las y los productores agroecológicos tengan una vida permanente en la parcela, creando una relación de mucha proximidad con su establecimiento”, sintetiza Claudio.
Según Demo, su interés por transicionar a este modelo se dio hace más de 20 años, “movido no por la cuestión ambiental, sino por un asunto económico y político de venta de insumos que hacen las empresas”. Esto porque las grandes corporaciones transnacionales subordinan, controlan y manipulan al resto de los actores, imponiendo un mercado de insumos, fijando precios y condiciones.
“Después descubrí la cuestión más ambiental, que ya no solo te roban con los agroquímicos sino que también te hacen mal a la salud”, comenta. Y suma la necesidad de consumir alimentos sanos y de calidad, dejando de lado “los alimentos que surgen del sistema convencional, que están vaciados de vitaminas y de nutrientes”. También incluye la renuncia al consumo de “pollos, gallinas y vacas que viven estresados, por eso el producto es también una carne estresada”. Porque los suelos y los animales están sometidos a presiones y maltratos que, en general, afectan sobre el consumo de la gente, indica.
Como consecuencia “los productores agroecológicos comienzan a comer huevos de gallinas felices, carnes de cerdos felices, a tomar leche de vacas felices y a cambiar las variedades o las especies que cultivan para que tengan mejor calidad nutritiva que las convencionales”, remarca.
Finalmente, Claudio pone atención en los precios de los alimentos agroecológicos. En parte, la discusión sobre los precios se vuelve moral y ética, y se resume al hecho de pagar menos en términos de dinero, mientras que el costo en salud y valor nutricional puede llegar a ser altísimo. “En término nominal, seguramente el producto agroecológico es más caro que el convencional. El tema es que el agroecológico no externaliza costos. Si a la soja le pusieras el costo del tratamiento de los cánceres que produce y todos los cambios ambientales que generan, si le sumamos todas las externalidades que se producen por el uso de agroquímicos, como daños sobre la biodiversidad, enfermedades, y la remediación de todo eso se lo cargas en el costo, esa acelga costaría el doble que una acelga orgánica”, sentencia.
SER Y PERTENECER
Marisa Fogante es trabajadora social y productora agroecológica en el nordeste del país. Además, es secretaria de la Asociación de Agricultura Biodinámica de Argentina (AABDA) y de la Red Nacional de Municipios y Comunidades que fomentan la Agroecología (RENAMA), e integra la Dirección Nacional de Agroecología, junto con Eduardo Cerdá.
Para ella, la consecuencia más clara de la producción agroecológica es la tranquilidad y serenidad de los productores. “Lo que se ve en general es productores que disfrutan mucho más estar en el campo. Las reflexiones de todos los productores es esa, que viven más contentos, más calmos”, dice. “¿Hay desafíos? ¿Problemas? ¿Dificultades en un país con contexto volátil? Los hay. Pero el objetivo deja de ser el rinde. Y empiezas a saber con cuánto menos un campo puede expresar la potencialidad de su producción. Y eso nos muestra a cada uno de nosotros cuánto mucho menos necesitamos de lo que creemos”, sintetiza Fogante.
¿Qué comemos? ¿De dónde viene lo que comemos? ¿Alcanza con lavarlo? ¿Por qué todo tiene la misma forma y el mismo color? ¿Qué entorno quiero construir? Esas son algunas de las vacilaciones que surgieron en la productora. Y tuvo una respuesta parcial: seguro que todo esto se puede hacer de otra manera. La otra forma, claro está, incluye menos veneno.
¿Un alimento que esté lleno de toda esta fumigación?, fue lo primero que pensó Marisa antes de ponerse a producir bananas orgánicas en Formosa. Hoy, esa decisión sigue teniendo sus recompensas. Cuenta, con piel de gallina: “Hasta los consumidores te devuelven algo. Como cuando una mamá me manda un video de que le está dando a su bebe su primera papilla, hecha con la banana que yo hago en Formosa”.
También la manera de producir cambió con el cese del uso de agrotóxicos: “Veo a la gente con la que trabajo en Formosa, que se quieren quedar en el campo, que han tenido dos o tres hijos viviendo ahí, produciendo ahí”, dice Fogante. “La alegría se sostiene desde ese lugar: de ver en esa mirada más amplia y no prestar atención en si gano más o menos”, resume.
“La gente se siente motivada porque se puede conectar con el campo desde otro lugar: recorriéndolo, observando, generando vinculación con las vacas, entendiendo a las plantas y por qué aparecen. Los productores lo expresan de una manera muy simple: yo disfruto estar en el campo y que mi familia venga acá. Me da alegría estar produciendo un alimento que le hace bien a la gente y que hace falta. Saber que no le hago mal a nadie. Y estar enterado de a dónde va a parar ese alimento, quién lo va a consumir y qué impacto va a tener ahí”, añade.
“Es eso, saber que los chicos lo pudieron consumir en un ambiente saludable ellos, que disfrutaron el laburo y que encima después llega a una familia que lo consume de manera saludable. Esas pequeñas cosas son las que sirven”, confiesa.
EL CAMPO COMO HOGAR
En parte, la agroecología viene a hacerle frente a varias consignas del capitalismo, y por eso no gusta. No remonta a ganancias superlativas, no promueve suelos adictos al veneno, trabaja con la paciencia de los productores y con la concientización de los consumidores, lleva más tiempo y lucha contra la inmediatez. Por eso, para Fogante, la única manera de mirar, pensar, evaluar y reflexionar sobre la agroecología es pensándola como un “paradigma completo”. Un paradigma con varios frentes de combate.
Marisa se detiene en el suelo y su valor. El suelo fumigado está muerto, perdido. No devuelve olor y parece una “laja”. Sin organismos. En cambio, el suelo agroecológico es un suelo vivo, con nódulos de plantas, lombrices y escarabajos. Una tierra a la que le han puesto atención. Y tiempo.
Para recuperar un terreno maltratado con fertilizantes, se requieren por lo menos 5 años. Por eso, Marisa dice que la agroecología también fomenta el arraigo, porque significa estar ahí, siguiendo la rehabilitación. “A un suelo adicto, completamente adicto, vos le sacas todo, como a cualquier persona que es adicta a algo, cuando le sacas, ese período de abstinencia es cruel”, dice Marisa. Y añade: “Es un ser vivo como cualquiera de nosotros, que necesita generar su espacio de respiración, su abono que le de vida, que vuelvan las lombrices, abejas, fauna benéfica, y un montón de cosas que no se pueden solucionar en un mes”. Salir de la inmediatez, y acompañar el proceso, repite Fogante.
El método también rechaza la competitividad: “A diferencia de la producción tradicional, en donde estoy yo y esto es lo mío, la agroecología te para en una vinculación con los demás productores. Sabes que tu vecino no es tu enemigo, sino que esa relación sirve para potenciarse y aprender uno del otro”. En la práctica, esto puede verse por ejemplo en la certificación participativa implementada por la agroecología, en el cual para garantizar que una producción es 100% agroecológica, la aprobación debe ser dada por otros productores. Esto genera un protagonismo y una responsabilidad compartida entre todos los personajes. Además asegura la calidad de los productos y la disminución de los costos de certificación.
Cuando el suelo sana, el ecosistema se vuelve más seguro, y los productores y productoras pueden volver a vivir en el campo con sus familias. “Empiezan a ver cambios en sus suelos, que su familia quiere volver al campo, o que ellos se quieren quedar porque lo ven un lugar mucho más saludable. Los atrae a volver a ese espacio, que quizás antes se había perdido”, cuenta Marisa. Porque el campo fertilizado es “un campo que te expulsa más que lo que te mantiene, porque ni siquiera tenés cosas que hacer. En el que salís afuera y te pasa un fumigador por arriba”, expone.
La tranquilidad del bolsillo también es un punto a favor. Los litros de agroquímicos tienen un costo puesto en dólares por las mega industrias. Y los productos de síntesis química generan, además, una dependencia. Por eso muchos deben endeudarse antes de empezar a sembrar. “Después aparece un cimbronazo, ya sea por sequía, inundación. Se encuentran en ese momento que tienen que salir a ver como van a cubrir toda esa deuda porque si no pudiste cosechar nada o cosechaste menos de lo que esperabas, ya no te alcanza”, fundamenta.
“Las mega empresas concentradas de semillas y agroquímicos son los mayores opositores al sistema agroecológico”, dice la trabajadora social. Y expone que el capitalismo “empieza a tambalear al momento en el que la gente se pregunta cómo producimos, cómo nos vinculamos con el mundo, con la tierra, qué compramos y consumimos”. Ya son muchos y muchas los que hicieron estos interrogantes, y eligieron y eligen otro camino: más de 5200 campos orgánicos, agroecológicos o biodinámicos se desarrollan a lo largo y ancho del país. Y van por más.