Desde 1923, el primer sábado de julio se celebra el Día Internacional de las Cooperativas (CoopsDay) en todo el mundo. En 1995, la Organización de las Naciones Unidas (ONU) lo reconoció oficialmente. El lema propuesto por la Alianza Cooperativa Internacional (ACI) para 2026 es: “Cooperativas por un mundo en paz”, con el propósito de aumentar la conciencia sobre las contribuciones de las cooperativas al desarrollo y a la paz en el planeta.
Esta consigna está inspirada y alineada al Objetivo de Desarrollo Sostenible (ODS) número 16, proclamado por la ONU: “Paz, justicia e instituciones sólidas”, que aspira promover “sociedades pacíficas e inclusivas, facilitar el acceso a la justicia para toda la población y crear instituciones eficaces, responsables e inclusivas a todos los niveles”.
Del pronunciamiento, se deduce con nitidez que no habrá paz sin justicia, equidad e inclusión, y sin el entramado de una institucionalidad capaz de hacerla efectiva. Gestionadas por productores, usuarios o trabajadores, las cooperativas se desenvuelven a través de la propiedad colectiva y la toma de decisiones democráticas, mientras promueven sistemas de producción más sostenibles.
Por eso los Principios consagrados en Manchester son fundamentales. La Democracia, como expresión del diálogo entre iguales ensamblado con derechos y responsabilidades, que supera conflictos y recompone confianza, como las cooperativas surgidas en zonas de posguerra. La Propiedad, que acumula colectivamente el esfuerzo propio y la ayuda mutua para optimizar los servicios y beneficios de los asociados. El Trabajo asociado, que pone en el centro a la persona y el capital al servicio de los que producen y trabajan. La Comunidad, que se beneficia de la inversión y circulación endógena de los recursos financieros y excedentes productivos, para el Desarrollo Local. El Medio Ambiente, que las cooperativas se proponen cuidar como nadie lo hace.
En estos Valores y Principios, y de sus prácticas correctas, se juega la salida de la violencia estructural y cultural del mundo actual, contribuyendo sistémicamente a la paz positiva y a la cohesión social. Es decir, la paz no solamente como ausencia de guerra sino como armonía humanamente indispensable para el sentido de la vida.
Entonces, la paz necesita de la justicia y de valores permanentes. No hemos de claudicar en ninguno de nuestros Principios, ni negociarlos. Cuidado con los espíritus reformistas que no harán más que sucumbir envanecidos ante razonamientos epocales –y a veces banales- abstraídos de la maravillosa tradición bicentenaria que nos enorgullece como cooperativistas.
Según datos publicados por la ACI: “Los miembros de las cooperativas representan, al menos, el 12 % de la humanidad. Como empresas basadas en valores y no en los ingresos de capital, los 3 millones de cooperativas presentes en el planeta trabajan juntas para construir un mundo mejor”. Además: “Las cooperativas dan empleo u oportunidades de trabajo a 280 millones de personas en todo el mundo, lo que representa el 10 % de la población ocupada”. Sólo “las 300 cooperativas más grandes generan 2,4 billones de dólares”.
Sin embargo la mayoría de las personas desconocen la histórica relevancia de las cooperativas. O peor aún, las conciben como estratagemas jurídicas para evasión impositiva o disfraz de relaciones laborales. A esta situación la constatamos todo el tiempo en muy diversos espacios de la vida social, económica, política, religiosa, académica, etc. No siempre las defendemos bien.
Los cooperativistas somos responsables de esta situación. Sería distinto si cumpliéramos más esforzada y eficazmente con el “Principio Quinto: Educación, formación e información”. Si, comprometidos, perseverantes y convincentes, ejerciéramos acciones colectivas de mayor visibilidad y peso simbólico en el total y en cada uno de los territorios donde nos desempeñamos. Con todas las cooperativas juntas y con cada una en su lugar. Sin miedos. Porque no tenemos nada que ocultar, por el contrario, mucho por proponer, siendo genuinamente ejemplares.
Claro que no es cómodo ni sencillo. Ningún horizonte trascendental lo es. Los aparatos mediáticos concentrados capilarizan emociones sobre soportes digitales, plataformas y algoritmos que formatean subjetividades.
Cuando cae una cooperativa, intereses lucrativos provocan grandes titulares regocijados por la oportunista interpretación del fracaso de la solidaridad. Pero lo cierto es que las cooperativas generalmente viven mucho más que las empresas tradicionales movidas por el lucro. De hecho existen muchas cooperativas centenarias. Incluso entre las asociadas a FECOFE ¿Cuántas sociedades anónimas pueden ostentar semejante éxito empresario?
Existen cooperativas en todos los rubros de actividad: de servicios públicos, agropecuarias, de crédito y ahorro, de comercialización y logística, de tecnologías y muchas más. De productores, de consumidores, de trabajo autogestionado. En el campo o en la ciudad, produciendo alimentos o suministrando servicios, levantando viviendas o brindando salud y cuidados, organizando seguros o bancos, en el comercio y en la industria. Produciendo bienes, servicios y empleo. Mientras tejen comunidad.
La heterogeneidad es una virtud, la diversidad nuestra fortaleza. Muchas formas saben adoptar las cooperativas, y muy variopintos sus ámbitos de actuación. Pero siempre serán “empresas centradas en las personas, que pertenecen a sus miembros, quienes las dirigen de forma democrática para dar respuesta a sus necesidades y aspiraciones socioeconómicas comunes”.
Una cosa es adaptarse a las condiciones adversas del entorno y otra es caer en la sobreadaptación. Lo que en ocasiones parece resiliente puede convertirse en pérdida de la propia identidad. Evitar el conflicto o el miedo al rechazo suele conducirnos a la desnaturalización. En tanto, la ineludible misión cooperativista es la transformación.
Las cooperativas no son un mero modelo alternativo, son la posibilidad de un mundo en paz.
Consejo de Administración – FECOFE